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La Naturaleza recupera lo que es suyo.

La naturaleza recupera lo que es suyo.

Está ocurriendo en todo el mundo, en la inmensidad del silencio y soledad en las calles que está provocando el confinamiento, desde hace unos días se puede escuchar el canto de los pajarillos  que se atreven prácticamente  a posarse en nuestros balcones y entrar en nuestras casas; en las costas se están viendo delfines; por las calles se pasean tranquilamente corsos y jabalíes, los canales de Venecia ya no son una cloaca pestilente, el agua está clara y han vuelto los pececillos; en la plaza Navona de Roma está empezando a crecer la hierba, que no se conocía desde que pasó por allí el caballo de Atila;  las playas están limpias, el agua cristalina, se ve el fondo, se ven los peces.

¿Qué está ocurriendo que los animales andan sueltos y el hombre está enjaulado?. No es el mundo al revés, no; es la Naturaleza que está recuperando lo que es suyo y le había sido arrebatado.

Estos días hace mal tiempo, llueve e incluso hace frío, pero pensemos que son cientos de millones los vehículos de todo tipo: motos, coches, camiones, autobuses, barcos, aviones, etc; que son cientos de miles las fábricas que en el mundo están paradas sin actividad. Todo este calor que antes se vertía a la atmósfera ha desaparecido estos días, por lo que es normal que baje la temperatura; la Naturaleza está aprovechando el confinamiento para regenerarse.

Con qué rapidez la Naturaleza recupera lo que es suyo, que el desarrollismo desaforado le había arrebatado.

Así como la humanidad en tiempos de Noé superó el Diluvio Universal, también la humanidad actual superará esta crisis: en el peor de los casos siempre quedarán lugares recónditos, selváticos, altas montañas, sitios aislados, donde el virus no haya llegado.

Miremos esta crisis no como una plaga bíblica, sino como un aviso, como una oportunidad para corregir aquello que hacíamos mal.

Una lección hemos de sacar de todo esto y es que debemos de mirar nuestro planeta Tierra como algo vivo, algo que en un momento dado puede cansarse de nosotros. El mandato bíblico de “creced y multiplicaos”  no puede llevarse al extremo  de que el hombre lo ocupe todo, su espacio y el espacio de las demás criaturas; el envenenamiento del agua, del aire y de la propia tierra;  no podemos seguir siendo lo que Féliz Rodríguez de la Fuente definió como “La civilización de la basura”.

La incidencia positiva que en la recuperación de la Naturaleza ha provocado el mes y medio que la humanidad lleva de confinamiento, me lleva a pensar que hacer esto a ninvel mundial, como ahora, durante un par de semanas al año, no sería una idea descabellada.

Hemos de pensar que se ha de vivir de una manera más modesta, respetando el entorno, y no olvidar nunca que a la Naturaleza no le importa el individuo en concreto, sino la continuidad de la especie en su conjunto, y que el único animal prescindible de la creación es el hombre, el resto de animales, pájaros y peces, tienen su sitio bien definido y bien delimitado.

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