Opinión

Made in Spain.

Svetlana P.

Lo primero que me llamó la atención al llegar a España, fue lo mal que hablan el español los españoles.

Yo había aprendido los rudimentos del idioma en mi país, un país que entonces era de los llamados de socialismo real, donde habían dos cosas que se cuidaban mucho, una era la formación profesional de los jóvenes y otra su formación política, del régimen naturalmente, pero una vez que tienes formación política, aunque sea del régimen, también te vale para ver las deficiencias del propio régimen.

Al llegar a Barcelona me encontré, a diferencia de mi país, con que en los supermercados había de todo y de todos los precios, la gente podía acceder a todo tipo de bienes de consumo, unos más caros, otros más baratos, pero nada de desabastecimiento, había de todo y en cantidad. Como anécdota explicaré que un compatriota mío, en el Alcampo de Sant Quirze del Vallés, cargó su carrito de botellas de distintos detergentes pensando que eran licores por lo bien presentadas que estaban esas botellas, suerte tuvo que la cajera le preguntó para qué llevaba distintas marcas de un mismo producto de limpieza que, si no, hubiera sido capaz de bebérselos, tal era la simplicidad del mercado y poca variedad de productos al otro lado del telón de acero.

Como he dicho, al principio me chocaba y mucho lo mal que los españoles hablan su idioma, a algunos casi habría que subtitularlos para entenderlos; nada comparable con la buena vocalización y la riqueza de palabras con que se expresa en español la población hispanoamericana recientemente llegada a Cataluña, en especial la población indígena de centro y sudamérica.

Otro tema que me llamó la atención, viniendo de un país del Este, fue la falta de formación política de los españoles, sobre todo la falta de sentido crítico a la hora de votar; me llamó la atención que la gente aquí es de un partido político como si fuera hincha de un equipo de futbol, siempre votan a su equipo haga lo que haga y sólo en muy raras ocasiones cambian su voto. Por otro lado, ello tiene como contrapartida que aquí no hay conflictos políticos serios, la gente acaba tragando con lo que les echen, siempre, claro está, que te lo echen «los tuyos».

Y lo que más me llamó la atención de un país, casi rico, como España, es el bajo nivel cultural de la gente en general; la prueba del bajo nivel cultural de los españoles, que no se corresponde en absoluto con la favorable situación económica de la que han disfrutado en los últimos 60 años, es que en los bares la gente se tira a la prensa deportiva, mientras el resto de diarios ni los ojean.

El problema del buen nivel adquisitivo y bajo nivel cultural afecta a todas las clases sociales y en todas las edades, dándose la circunstancia que, dejando la informática y los móviles aparte, los nietos, muchos de los cuales han pasado por la universidad, son, en cultura general, más ignorantes que sus abuelos que sólo pasaron por el colegio unos pocos años.

Esta situación ha creado en España un tipo de ciudadano joven que no lo hay en el resto del mundo: «el garrulo» ; no me mueve a ello ningún ánimo de insultar, sólo de descripción social de algo que, a estas alturas del siglo XXI, sólo lo he visto en España, una juventud, que disponiendo de oportunidades que las juventudes de otros países no tienen ni por asomo, está contentísima y satisfecha de haberse conocido a sí misma y además llevan su ignorancia con arrogante orgullo, presumen de ser ignorantes, el saber demasiado es un estorbo, lo importante es un buen coche, con muchos caballos y pasta en el bolsillo para el «finde».

La inmigración extranjera, en general, han venido a España con mucho empuje y ganas de mejorar, por lo general hablan el español mejor que los españoles, por lo general, aparte de su idioma nacional, hablan o entienden el inglés mejor que los españoles, por lo general no pierden el tiempo y aprovechan cualquier oportunidad que se les presenta y por lo general, aunque la mayoría ha llegado a España con lo puesto, creo que en pocos años irán subiendo escalones y estarán social y económicamente por encima de esa juventud española «agarrulada» que afortunadamente no es mayoritaria, aunque sí más numerosa de lo que sería deseable.

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