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La piedad.

CESAR,  VERCINGETORIX y la PIEDAD.

Una de las grandezas del cristianismo es la recopilación y sistematización que hace de aquello que considera válido y que ya existía con anterioridad, bien sea en el pensamiento, bien en lo material. Esto no hace sino recoger la tradición de los pueblos antiguos conforme a la cual cuando un pueblo conquistaba a otro, se quedaba con ese pueblo, pero se quedaba también con todos sus dioses, cuyas imágenes no eran destruidas,  sino que eran incorporadas al Panteón propio, se consideraba con ello que así se tendría no sólo la protección de los dioses propios, sino también la de los dioses conquistados.

En lo material, quienes habéis estado en Roma, no habréis dejado de visitar el Panteón en Piazza della Rotonda, magnífico edificio, con una bóveda única en el mundo, cuyas obra se iniciaron por órden de Marco Vipsanio Agripa, en tiempos de Octavio. Hemos de aclarar aquí que el significado de la palabra panteón es el de tempo de todos los dioses. Ahí lo tenemos, prestando servicio desde hace 2000 años, ahora como iglesia cristiana. En España tenemos dos ejemplos magníficos como son la Gran Mezquita de Córdoba y la Fortaleza de la Alhambra en Granada, a pesar de su significado, a ningún gobernante se le ha ocurrido jamás tocar una sola de sus piedras.

En cuanto a las ideas y principios, tenemos como actuales principios y conceptos  que ya existían con mucha anterioridad a nosotros, uno de ellos es el concepto de “piedad”. Mil quinientos años antes de que Miguel Angel esculpiera su magnífica obra “La Pietá”, ocurrió en Francia un hecho que sus propios autores calificaron como impío.

Viene recogido en “La Guerra de las Galias” de Julio César. Es curioso, pero este libro, que es más un cuaderno de campaña que otra cosa,  bien lo escribiera César directamente o bien se lo dictase a un amanuense, es un libro en el cual César intentar resaltar su figura como militar y como político, y a lo largo del mismo son continuos los ejemplos de piedad y buen trato hacia los vencidos, siguiendo César la táctica de  afianzar la retaguardia, no con castigos ejemplares sino con recompensas y respeto hacia los vencidos, reservando los castigos ejemplares sólo para los recalcitrantes.

Sin embargo, a pesar de ser un libro de propaganda política,  César no omite la descripción de un hecho, del cual no se siente orgulloso y  que hoy sin duda sería considerado como crimen de guerra. Es en la Fortaleza de Alexia (el pueblo de Asteríx y Obélix), donde queda la última resistencia francesa a la conquista romana. El caudillo galo Vercingetórix se ha atrincherado en la misma con todos los miembros de su tribu, y ha enviado emisarios al resto de tribus solicitándoles refuerzos y que se levantansen y atacasen la retaguardia de los romanos.

Ante la imposibilidad de tomar la fortaleza de Alexia por asalto  al encontrarse en un montículo con murallas inexpugnables, los romanos acuerdan cercar Alexia y rendirla por hambre. En pocos días se completa el cerco, pero hay un problema, Alexia está cercada, pero llegan noticias al campamento romano que una muchedumbre de  400.000 galos viene en ayuda de los sitiados, con lo que se acuerda hacer una segunda cerca, de manera que el ejercito romano queda entre ambas empalizadas, una ofensiva rodeando Alexia y otra defensiva rodendo por fuera las posiciones romanas. Los cercadores quedan cercados y el tiempo apremia: Alexia ha de caer antes de la llegada a retaguardia de esa muchedumbre de 400.000 galos.

Vercingetórix y los suyos han agotado las reservas de alimentos  previstas para una guarnición pequeña y no para la muchedumbre de personas que se han refugiado en la fortaleza. Vercingetórix y su estado mayor toman una decisión drástica: Todo el personal no combatiente ha de abandonar la fortaleza y entregarse como prisioneros de guerra a los romanos.   Las puertas de Alexia se abren  y una muchedumbre de mujeres, niños y ancianos se dirige en silencio hacia las puertas de la empalizada romana. Avisado César, les dice que vuelvan a Alexia, que sólo los aceptará como prisioneros si se entregan todos y rinden la fortaleza. Vercingetórix ordena cerrar las puerta de Alexia  y ante las quejas de algunos de los suyos que le recuerdan que son sus padres, sus mujeres y sus hijos los que quedan en tierra de nadie, Vercingetórix les razona: Si ganamos esta guerra tendremos otras mujeres y engendraremos otros hijos, si la perdemos también lo perdemos todo. La muchedumbre vuelve sus pasos hacia las puertas de la empalizada romana, César ordena que las puertas sean cerradas, lo cual produce la indignación de sus oficiales superiores y su lugarteniente se dirige a él y le advierte:

 “César, piensa bien lo que vas a hacer, los dioses no verán con buenos ojos un acto tan impío” a lo que éste respondió: “ No debilitaré mi ejército alimentando al enemigo”.

No se sabe el número exacto del personal no combatiente que murió de hambre a las puerta de Alexia, sí se sabe que fueron varios miles, siendo éste el primer crimen de guerra reconocido en la Historia, crimen compartido, pues tanta culpa tuvo Vercingetórix en echar a los suyos en manos de los romanos, como César en no aceptarlos como prisioneros amparándose en lo que hoy conocemos como «Razón de Estado»

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