Crónica de Tribunales

La trastienda del bazar.

Al fondo, tras la cortina.

Esa era la indicación que recibían algunos clientes del bazar que pedían un producto especial que habían de pagar por adelantado.

Llevaba ya unas semanas el juez sustituto prestado servicio en un juzgado especial cuya actividad  principal  eran las incapacitaciones de ancianos y los internamientos forzosos en psiquiatría. La Generalitat, a la hora de dar  ayudas, exigía el nombramiento de tutor, es decir, la incapacitación legal de aquellos ancianos y no tan ancianos que se encontraban en situación  de no  poder gobernarse por sí mismos. Había otros temas, pero los principales eran estos dos, ancianos y enfermos psiquiátricos.

El Juzgado funcionaba bastante bien, correctamente organizado por un secretario al frente de un personal que dominaba la materia y trabaja  diligentemente. Este juzgado especial  con frecuencia había de ser servido por un sustituto, por eso, para evitar lapsus y repeticiones, un día a la semana estaba reservado para las entrevistas que el juez y la médico forense habían de hacer a los incapacitandos y justo al día siguiente se veían los juicios, que eran rápidos pues salvo casos extraordinarios los informes médicos no tenían contradicción.

Para  los incapacitandos que no podían desplazarse al juzgado, normalmente personas encamadas en casa, en residencias u hospitalizados, el juez y la médico forense se desplazaban en taxi al lugar y se hacía la entrevista in situ, y allí es dónde solían encontrarse con retazos de la parte más triste de la existencia.

El otro tema importante eran los ingresos forzosos en psiquiatría, el sistema estaba organizado para que no pasasen más de 72 horas sin que a un ingresado forzoso lo viesen y entrevistasen el juez y la médico forense. Si bien muchos decían que estaban secuestrados  y  pedían al juez que los dejase en libertad, lo normal era confirmar el ingreso pues solían ser personas con un largo historial de brotes y había poca cosa que discutir.

Esa mañana uno  de los expedientes médicos  llamó la atención del juez sustituto y, mientras las auxiliares traían a la paciente a la pecera, que era una habitación de paredes de cristal   donde el juez y la forense se encerraban, no sin cierto riesgo, para la entrevista con el enfermo, a su señoría le sorprendió la falta de antecedentes psiquiátricos de  una muchacha del Este no mayor de 25 años, que la noche anterior había sido traída a urgencias psiquiátricas, presa de una crisis nerviosa,  por un grupo de hombres que étnicamente nada tenían que ver con ella. Esta extraña relación llamó la atención de su señoría y le hizo a la chica una pregunta que no le habían hecho los psiquiatras, que dio pie a que la chica se sincerase con el juez sustituto, que a estas alturas de su vida tenía suficientes horas de vuelo para saber cómo había que tratar a estas muchachas para ganar su confianza.

Sí señor juez, trabajo de eso, pero no me gusta,  las personas que me trajeron a Barcelona y para las que trabajaba me han vendido a un señor dueño de un bazar. Es horrible, al fondo del bazar hay una cortina y tras la cortina un sofá, es horrible sr. Juez, no se imagina usted el tipo de hombres que pasan por allí y, ante mis muestras de repugnancia, mi dueño dice que o trabajo más para pagar lo que le he costado o me deja encerrada con los locos de por vida, y, en un castellano perfecto repetía, es horrible sr, Juez, mi deuda no disminuye, va creciendo, y yo no quiero quedarme con los locos de por vida, es horrible sr. Juez.  Acabada la conversación con la muchacha el juez sustituto mandó llamar al Jefe del Servicio de Psiquiatría, que acudió escoltado por una cohorte de enfermeros y que  se molestó porque la chica no le había contado a él todo lo que le había contado al Juez Sustituto, si bien ambos acabaron acordando que el ingreso de la chica traida la noche anterior a urgencias por aquel grupo de hombres no había sido sino una coacción a la muchacha para que se aplicara más en el trabajo, bajo la amenaza de quedar de por vida ingresada  con “los locos”, y ambos acordaron dejarla en libertad, con una mínima prescripción de medicamentos contra la ansiedad.

Nunca más supo el juez sustituto de esta muchacha, aunque nada  bueno podía esperarse del submundo dónde había caido.  Estamos en el siglo XXI y nadie se inmuta porque una muchacha pueda ser traída a Barcelona desde su pueblecito en el Este, obligarla a ejercer ese triste oficio para liquidar una deuda que en ocasiones crece más que decrece y, ante su escaso rendimiento profesional, ser malvendida a unos individuos cuyo respeto y trato a estas chicas deja mucho que desear.

Creíamos que vivíamos en el primer mundo y sin embargo desde hace algunos años se han ido instalando en Barcelona toda una pléyade de submundos ya muy difíciles de erradicar por lo profundo de las raíces que han echado.

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