Crónica de Tribunales

Sólo me quedas tú.

¡No hay hombres, no hay hombres!, se quejaba la bellísima muchacha rodeada de sus amigas.

¿Cómo no va haber hombres? le respondía el chico.

¡Que no, que no, que no hay hombres! insistía ella y asentían con la cabeza sus amigas.

La relación con la muchacha había empezado un par de años antes casualmente, como empiezan casi todas las cosas, el chico tenía cumplidos los 23 años, acababa de obtener su licenciatura en la UAB y hacía dos años que había vuelto de un servicio militar de 15 meses. Había conseguido un trabajo basura de lunes a viernes, de seis a ocho de la tarde, de esos que no alimentan pero entretienen y de los que hay que huir a la menor oportunidad.

Para hacer tiempo antes del trabajo, el chico se pasaba una hora antes por la biblioteca central de la Caja de Ahorros, fue allí donde tuvo el primer contacto con ella.

Él estaba releyendo las aventuras de Tintin, que tanto le gustaron de niño, corría el mes de enero y la parte baja de la biblioteca estaba medio vacía; él, ensimismado leyendo «El Secreto del Unicornio», «…de la Luz vendrá la luz y lucirá» , cuándo en un momento dado levanta la vista de la lectura y la ve a ella, justo sentada en frente, una muchacha bellísima de unos 17 años; él a lo suyo: ¿dónde estará el tesoro del pirata «Rackham el Rojo»?; vuelve a levantar la vista y ve que la muchacha le está mirando fijamente, ceja ella en su actitud al percatarse que él se ha dado cuenta, pensando el chico: «tantos sitios libres y se me sienta justo enfrente».

El chico sigue ensimismado en la lectura: «el capitán Hadok sable en mano está rememorando las hazañas de su bisabuelo, el marqués de Hadoque»; la muchacha se levanta quedando unos segundos en pié hasta que le dirige al chico un «adiós» que suena a un «hasta pronto», el chico le responde «adiós que vaya bien» y sigue ensimismado en las aventuras de Tintín.

Pasan varios días y él sigue con la rutina de su trabajo basura y su paso previo por la biblioteca. Entra la muchacha bellísima buscando sitio pero hoy la biblioteca está llena y queda varias mesas alejada más atrás, aún así desde la distancia le envía un silencioso «hola». La cantidad de gente en la biblioteca impide un nuevo «adiós-hasta pronto».

Al poco tiempo él, harto del trabajo basura, de esos que hay que dejar cuanto antes mejor, una tarde no se presenta al mismo y la dedica a darse una vuelta encontrándose casualmente en la terraza de un bar con dos compañeros de facultad, uno de ellos opositando en las alturas, el otro que deja el trabajo actual porque ha encontrado otro mejor en Barcelona, casi no ha habido relación durante la carrera con el que deja el trabajo, pero si con el opositor que le dice al otro: «si tú dejas el trabajo, podrías hablar con tu jefe para que cojan a éste en tu lugar». El cesante aceptó más que nada por quedar bien con el opositor, con lo que el chico pasó sin solución de continuidad de uno a otro trabajo basura, ahora fuera de la ciudad, aunque no tan basura como el anterior y que además le permitiría entrar en contacto con el ejercicio efectivo de la profesión.

Ello conllevó que pasaran dos años sin volver a ver a la muchacha y sin tan siquiera acordarse de ella, cuando un domingo por la tarde entra en una cafetería y, ya en la barra, echando un vistazo al local, la ve sentada en una mesa, estudiando; el chico acaba su café y se dirige a ella que hace ver que no lo ve y él va y le dice: «no te han dicho que el exceso de sabiduría no da la felicidad»; a la chica la frase le hace gracia: «no, yo es que vivo arriba, estaba estudiando y me aburría y he pensado que aquí abajo en la cafetería podría seguir preparando el examen y distraerme un poco». El chico se marcha, con una información valiosa de una muchacha extraordinaria: se ha dado cuenta de que le cae bien, ella le ha indicado dónde vive y el sitio que frecuenta; a partir de aquí los contactos empiezan a sucederse, se ven por las tardes, toman algo juntos, van al cine, una muchacha extraordinaria, no había en toda la ciudad ninguna que se le igualara.

Esa tarde ella le presentaba a su grupo de amigas, todas con un comportamiento muy parecido al de los gases nobles, que son esos que no se mezclan con nada ni con nadie. Sentados en la terraza de un bar y teniendo ella como testigos a su grupo de amigas, va y le suelta a él:

¡Oye, un año de novios y nos casamos!

¿Y eso?, pregunta él?

¡No hay hombres, no hay hombres!, se quejaba ella.

¿Pero cómo no va haber hombres? insistía él.

Desengáñate, sentencia ella: si quitamos a los que fuman, a los que beben, a los que vienen y a los que van, a los de aquí y a los de allá, a los que suben y a los que bajan, a los que se pasan y a los que no llegan y así un largo etcétera…

¡¡¡ Sólo me quedas tú!!!.

In memoriam.

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