Svetlana P (Socióloga)

El Informe Petras

Redactado por James Petras a instancias del Centro Superior de Investigaciones Científicas bajo el último gobierno de Felipe González, en 1995, es un documento que nunca se hizo llegar oficialmente al gran público y que ha devenido, 25 años después, como algo profético del tipo de sociedad y precariedad en las relaciones económicas a las que nos vemos abocados actualmente.

Fue confeccionado en seis meses durante la visita que en calidad de investigador realizó Petras a Barcelona. No es muy largo, apenas 60 folios, pero sí muy denso y esclarecedor al mismo tiempo. En un par de horas puede ser perfectamente leído y asimilado. A pesar de sus 25 años, no ha perdido un ápice de vigencia, es más, creo que se quedó corto en sus acertados pronósticos

El informe trata sobre las diferencias entre dos generaciones de trabajadores españoles, padres e hijos, al que ahora habría que añadir una tercera, los nietos.

I.- LA ESTRATEGIA DE LA MODERNIZACION Y SU IMPACTO EN LA ESTRUCTURA SOCIAL.

Se sorprendía Petras, ya en 1995, que en el área industrial de Barcelona, los bares estuvieran llenos a todas horas del día (eso hoy día lo tenemos corregido y aumentado, los bares llenos a todas horas de gentes ociosas de todas las edades).

Nos habla el informe de la estrategia de la modernización que entre 1982 y 1995 supusieron los gobiernos socialistas, la cual produjo el efecto perverso de que millones de jóvenes quedaran marginados del empleo estable y bien pagado «de por vida», con los costes humanos y los destructivos efectos sociales de la modernización llevada a cabo a través la estrategia de la liberalización económica, que el documento divide en tres aspectos:

a) Liberalización de la economía,

b) Inserción de España en en la división internacional del trabajo,

c) Un nuevo régimen regulador.

La liberalización de la economía se prolongó a lo largo del tiempo y tuvo naturaleza global mediante la liberalización de mercados, privatización de empresas públicas y bancos, libre convertibilidad y sobre todo flexibilidad del mercado laboral.

Ello fue acompañado por la inserción de España en la división europea del trabajo, siendo España competitiva sólo en un reducido grupo de áreas, lo cual produjo la expansión de los servicios, en especial el turismo y el declive de la industria.

Por mi parte he de remarcar que lo de la división europea del trabajo no es nuevo, ya en la reunión de Hendaya, cuando se suponía que Alemania ganaría la guerra, la comisión técnica española hizo a la comisión técnica alemana todo tipo de peticiones: acero, carbón, materias primas, tecnología … , todo ello con la idea de industrializar España, momento en que por parte alemana se dio la respuesta de que en el nuevo orden europeo, España, país bañado por el sol, estaba destinado a ser un país de servicios, de turismo, donde vendrían a disfrutar de su jubilación la clases medias europeas.

En esas estamos ahora, donde además ya no se habla de la división o especialización europea del trabajo, sino de la división y especialización mundial del trabajo, de ahí que en 20 años el Extremo Oriente se haya convertido en la fábrica del mundo.

Prosigue el informe Petras que todo ello quedó completado con un nuevo «régimen regulador»:

El post 1982 fue la transición desde una industria nacional a hacia un régimen internacional basado en los servicios. Durante el régimen regulador «industrial-nacional», los principales actores sociales eran funcionarios públicos nacionales y líderes empresariales, sindicales y cívicos. Con el nuevo régimen regulador los actores principales pasan a ser prestamistas extranjeros, directores de bancos multinacionales, altos funcionarios de la CE y funcionarios públicos (electos o no) vinculados a las redes internacionales.

Todo ello ha facilitados dos cosas:

1.- La desindustrialización de la economía que ha pasado a ser «economía de servicios» y,

2.- Ha fomentado la desnacionalización de la economía y la ascendencia de capital de propiedad extranjera.

Paradójicamente la intervención estatal aumenta, el nuevo régimen regulador amplía el papel del Estado a la hora financiar, subvencionar y sacar de apuros al capital privado, multinacionales extranjeras incluidas.

Los actores sociales de orientación internacional reemplazan a los anteriores «tecnócratas nacionales», empresarios y actores sociales con vocación local.

El informe centra su análisis en los efectos específicos de la estrategia de la modernización en dos generaciones de trabajadores, padres e hijos, examinado los niveles de vida inter-generacional, revisando la estabilidad de los niveles de renta, salarios sociales e ingresos en metálico, y si éstos han crecido o disminuido a lo largo del tiempo; se someten a examen las diferencias de ingresos entre dos generaciones para determinar si las diferencias entre los grupos de mas edad y los más jóvenes aumentan o disminuyen.

El estudio muestra que la estrategia de la modernización ha incrementado el empleo en los trabajos inestables y mal pagados para la gente joven y que emplea a los trabajadores por debajo de sus niveles educativos. La modernización, al poner su énfasis en la privatización y en la flexibilidad laboral, conduce a un aumento del trabajo eventual, a un declive de la organización social y a mayores disparidades de renta entre el capital y eltrabajo.

La centralidad del mercado como el principal mecanismo para la modernización ha reforzado los lazos entre los negocios y el Estado y ha fomentado los valores mercantiles dentro de la clase política, teniendo como resultado la corrupción a gran escala del sistema político.

El nuevo régimen regulador es inclusivo respecto de multinacionales y banqueros extranjeros y es excluyente respecto a los trabajadores y productos locales.

La liberalización y el nuevo régimen regulador fortalecen a los empresarios sobre los trabajadores, al capital extranjero sobre el nacional, a los servicios -banca, especulación, bienes inmobiliarios y turismo- sobre el capital productivo -industria, agricultura, minería- . El aumento de industrias de propiedad extranjera está directamente relacionado con la liberalización y la inserción de España en la división europea y mundial del trabajo.

La especialización en el sector servicios incrementa las desigualdades entre el capital financiero y los trabajadores mal pagados de los servicios.

II.- LA BRECHA INTERGENERACIONAL

Esta parte del informe está dedicada a la brecha intergeneracional producida por el binomio empleo estable de por vida verus precariedad laboral y paro de por vida.

Petras, en el momento de redactar el informe, en 1995, nos habla de la brecha generacional entre padres e hijos. Veinticinco años después podemos decir que tal brecha generacional ya no es sólo de padres e hijos sino que hay que introducir en ella a también a los nietos.

La clase trabajadora española está profundamente dividida entre una menguante minoría de trabajadores fijos y sindicados, con un salario llevadero y beneficios complementarios, y una masa creciente de trabajadores eventuales que trabajan por el mínimo (o por debajo del salario mínimo) con horarios irregulares (que oscilan de unas pocas horas a la semana a cincuenta o más), sin beneficios complementarios. Esta división social corresponde en gran parte a una diferencia generacional, que a su vez coincide con los cambios en las estrategias económicas globales.

La mano de obra fija y mejor pagada son normalmente los «padres» o las «madres», ya abuelos, que entraron en el mercado laboral a finales de los 60 y a principios de los 70, durante la estrategia de industrialización nacional del tardofranquismo.

La mano de obra eventual son los «hijos» e «hijas», ya nietos, que entraron en el mercado laboral a finales de los 80 y principios de los 90, en plena aplicación a gran escala, por parte del régimen socialista, de una estrategia económica neoliberal.

Para la anterior generación, la estabilidad en el empleo proporcionaba una base para la continuidad y un grado relativo de certidumbre a la hora de hacer proyectos para tu ciclo vital.

Para la nueva generación, el empleo es el problema número uno. No hay prácticamente empleos estables, la mayoría son eventuales, sin porvenir y mal pagados, «bajo mano». El empleo eventual crea una gran incertidumbre en lo concerniente a ingresos, al futuro, al presente.

La movilidad intergeneracional descendente no es un fenómeno únicamente español. Las oportunidades de los jóvenes de alcanzar unos ingresos de clase media hacia los 30 años están disminuyendo. El fenómeno ya no se limita a la clase obrera o a los jóvenes. Cada vez más la clase media, los profesionales y los técnicos cualificados, incluyendo a individuos de media edad, se ven afectados por la «reducción de tamaño» de las empresas y la subcontratación.

Entre mediados de los 70 y final de los 80, el índice de desempleo en España ha empeorado en relación a su propio pasado y en relación a Europa. Mientras que en 1974, el índice de desempleo era más o menos el mismo que en Europa, a mediados de los 80 se había multiplicado por siete y casi doblaba la tasa europea. En la retórica «europeista», el argumento de que la liberalización era la vía para volverse europeos, encubría el hecho de que la distancia entre España y Europa en realidad se había ensanchado al menos en el indicador básico de los índices de paro.

Con uno de cada cinco trabajadores desempleados, la estrategia de liberalización no está dirigida a aumentar el empleo, sino a facilitar la adquisición extranjera de industrias locales y a incrementar la presión a la baja sobre los salarios para facilitar la acumulación de capital.

En 1975 sólo el 8,1% de los hombres y el 6,3% de las mujeres entre 20 y 24 años estaban desempleados. Hacia 1985 las cifras eran el 42,2% y el 47,8%, respectivamente. En 1988 los  índices eran de cuatro a ocho veces más altos que antes de la introducción de las reformas liberales.

Cuanto más jóvenes son los grupos de edad, más alto es el paro, lo cual refleja el hecho de que la generación mayor entró en el mercado de trabajo antes de la liberalización.  El grueso de los parados estaban en los sectores industrial, de la construcción y agrícola, todos ellos duramente golpeados por las políticas de liberalización y la entrada de España en el Mercado Común.

Igualmente desastroso es el hecho de que e! número de parados de larga duración (aquéllos que están fuera del trabajo durante más de dos años) creció con la prolongación y profundización de las políticas económicas de libre mercado. En 1977, sólo el 15,6% de los parados habían quedado fuera del trabajo dos años o más; hacia 1984 la cifra se elevó hasta el 31,7% y en 1988 casi la mitad de los parados eran de larga duración.

Entre 1984 y 1993, el índice de desempleo se incrementó para casi todos los grupos, excepto para los más jóvenes, los cuales ya habían alcanzado los niveles máximos. Las imponentes diferencias en los índices de paro entre los jóvenes trabajadores por debajo de los 25 años (40% y más) y aquéllos por encima de los 40 (14,5%) es uno de los factores clave que explican las diferencias «generacionales».

Junto al aumento del paro masivo entre los jóvenes trabajadores, está la creciente inestabilidad y discontinuidad del empleo entre los que lo encuentran. Los altos índices de paro ya se dan en todos los niveles de educación. Las pautas de alto nivel de paro han persistido durante casi una década. A pesar de los crecientes logros educativos, la economía de libre mercado muestra poca flexibilidad o interés por la creciente mano de obra cualificada

Los trabajadores cualificados y educados hacen frente a índices de desempleo que sobrepasan un cuarto de la mano de obra. La formación técnica y profesional parece fuera de lugar para una economía cada vez más basada en el turismo, la administración pública y las plantas de montaje.

Está claro que la abrumadora mayoría de los contratos laborales para la gente joven son hoy  inseguros, mal pagados y temporales, un fenómeno que crece con el tiempo y que está empezando a afectar a todos los grupos de edad en mayor o menor medida.

De persistir la tendencia actual, está claro que los trabajadores fijos, bien pagados y sindicados van a ser una clara minoría.

III.- ¿DONDE ESTAN LOS PROGRESISTAS?

En esta parte del informe, Petras, en relación a la precariedad laboral de la juventud trabajadora española, se hace a sí mismo la siguiente pregunta :

¿De qué lado están los progres?.

Transcribo a continuación, con poca aportación personal, esta parte del informe que empieza diciendo:

Lo asombroso respecto al destino de millones de jóvenes mal pagados y subempleados sin futuro es la indiferencia de la sociedad, incluyendo la indiferencia de la clase media «progresista».

¿Dónde están los progresistas?

Están activos, pero lo que les interesa es el dos por ciento de “marginales»: las minorías etnicas, los drogodependientes, las prostitutas, los inmigrantes; el acoso sexual,  el racismo…, etc.

Cualquier cosa menos el destino de tres millones de españoles desempleados, los jóvenes trabajadores con contratos temporales y los que tratan de vivir del salario mínimo.

Continúa Petras, un hombre de izquierdas: no quiero ser malinterpretado, por supuesto que estoy en contra del acoso sexual, la discriminación y el racismo, pero aquí y ahora, y en la estructura de clases española, la distancia entre los problemas sociales a largo plazo, y a gran escala, y las actividades de los progresistas es escandalosa.

¿Por qué eluden su realidad nacional y social?

Primero, porque no es peligroso luchar por los derechos legales de las pequeñas minorías: eso no comporta ninguna confrontación con el Estado y menos aún con los empresarios. En cambio, comprometerse en la lucha por los sub y desempleados implica confrontaciones muy duras y sostenidas con el Estado y los empresarios (y los medios de masas) porque esa lucha gira en torno a la distribución de los principales recursos económicos de la sociedad: los presupuestos que podrían financiar obras públicas para un empleo a gran escala en vez de subvenciones para corporaciones multinacionales; los beneficios empresariales  que podrían financiar una semana laboral más corta y  la contratación de empleados fijos.

En segundo lugar, las luchas progresistas por las  minorías  (cambios  simbólicos  y reconocimiento legal) tienen el apoyo financiero de los gobiernos municipales o regionales.  Las ONG y organizaciones similares brindan a los progresistas oportunidades económicas, segundos salarios en calidad de investigadores, educadores, asistentes sociales o abogados. Pueden así combinar una «buena conciencia» y la remuneración económica con una palmadita en el hombro de las autoridades locales.

Mientras tanto, la lucha de millones de sub y desempleados, si estuviera adecuadamente organizada, podría afectar a las políticas globales de las mismas benevolentes autoridades. Podría socavar sus esfuerzos por subvencionar a los promotores inmobiliarios urbanos y a los constructores que financian sus campañas electorales. Por esta razón, los esfuerzos para organizar políticamente a los sub y desempleados por empleos bien pagados contra los políticos neoliberales no reciben ningún apoyo financiero.

En tercer lugar, la actual moda ideológica entre la clase media progresista pone en tela de juicio la noción misma de «clase». La retórica dice algo así como: «Clase es un constructo cultural que ha perdido su pertinencia». Los progresistas ahora están en conceptos del tipo «identidades sociales», «ciudadanía» y «derechos», en lugar de «clases», «conflicto de clases» e «intereses de clase».

Ya que muchos de los grupos marginales están entre los segmentos más pobres, los progresistas alegan que es más «revolucionario» o radical luchar por ellos en vez de por los «privilegiados» españoles «que viven del salario mínimo».

Obviamente hay una necesidad urgente de unir fuerzas entre la clase media progresista y los trabajadores jóvenes sub y desempleados. El primer paso es una reflexión crítica por parte de los progresistas, sobre quiénes son, qué papel juegan en la sociedad, si forman parte del problema (en tanto que empleados del gobierno, profesores, profesionales) o de la solución. Tienen que preguntarse si están verdaderamente por la solidaridad con los explotados por el sistema o buscan simplemente nuevos vehículos de movilidad social.

La abrumadora mayoría de los jóvenes trabajadores raramente expresan apoyo de los «movimientos» promovidos por los progresistas; más importante aún, jamás mencionan ninguna relación sostenida con ningún intelectual progresista de clase media o con movimientos interesados en sus circunstancias sociales. Hay pocos espacios donde puedan encontrarse, incluso socialmente, y aún tienen menos en común en términos de actividades del tiempo de ocio.

Los progresistas están en sus pisos y tienen acceso a segundas residencias fuera de la ciudad para el fin de semana. La ruptura en el vínculo entre la joven clase obrera y la clase media progresista se expresa a todos los niveles: en la ideología, la música, los estilos de vida, el lenguaje y las condiciones materiales. Los lazos que existían durante el período antifranquista y la Transición son historia pasada.

Los únicos parados por los que la clase media progresista se preocupa son sus propios  hijos.

El aislamiento social de los jóvenes trabajadores refuerza su sentimiento de impotencia social   y confirma su punto de vista individualista. En la mayoría de los casos, como trabajadores temporales, están atormentados por la inseguridad.

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