Crónica de Tribunales

La querulante profesional.

LA QUERULANTE PROFESIONAL RETRIBUIDA.

Llevaba ya unos días el juez sustituto cubriendo el servicio en un juzgado de familia cuando al abrir la puerta de su despacho y asomarse a la sala general donde trabajaban los funcionarios, bueno, las funcionarias, funcionario sólo había uno,  los ve a todos en una actitud como de “escaqueo”, todos hacían ver que tenían que ir al archivo a buscar algo.

Al fondo, en el despacho del secretario, que estaba a la vista por ser las paredes de cristal, había una señora muy alterada, y en esto que una funcionaria agazapada tras un archivador le hace gestos al juez: señoría, señoría, no salga, no salga, y ante la extrañeza del juez sustituto se le acerca el único funcionario masculino del juzgado y le advierte: no salga usted señoría, ha venido la enfermera querulante, es mejor que no le vea,  luego le explico.

El juez sustituto reentró en su despacho, nunca antes había oído la palabra querulante. Al rato le avisaron que podía salir y se despejó la incógnita. A esta señora la DGAIA le ha retirado la guarda y custodia de una hija que tiene en adopción, el Juzgado y la Audiencia han confirmado la resolución de la DGAIA. La señora ha denunciado a la DGAIA, a la jueza titular, a todos nosotros, y ha denunciado también a todos los miembros a la sección de la Audiencia de Barcelona que vio su apelación, y le denunciará a usted también sólo por verlo, aunque usted no haya tenido nada que ver. Tiene denunciados a todos los abogados de pago y de oficio que han pasado por el caso y tenemos acumuladas un montón de quejas, que todas se archivan, porque no hay motivo alguno, pero es muy desagradable, sólo el secretario sabe torearla.

En esto el secretario judicial  era todo un artista y  a la entrada de la señora en el juzgado, que sería el equivalente a una salida de toriles, el secretario salía al quite y como  buen aficionado a los toros, primero paraba, luego templaba, después una tanda de capotazos bien dados  y por fin la señora se iba tranquila sin denunciar a nadie esa mañana.

Durante el ritual del café de la 12, el secretario explicó a su señoría los pormenores del problema de esta señora, según él, una profesional de la denuncia. Al tomar nota del nombre y apellidos de la querulante, el juez sustituto recordó haber leído ese nombre en escritos en algún otro de los juzgados de instancia en los que había servido, un nombre normal de mujer con un primer apellido catalán y un segundo apellido castellano que le quedaron grabados en la memoria.

Unos años después, el juez sustituto, recorridas ya todas las jurisdicciones de la ciudad de Barcelona, había vuelto a su actividad normal y mejor retribuida de abogado, con todo ese bagaje profesional de haber estado siete años resolviendo marrones, porque un buen juez sustituto está para eso, para resolver marrones dónde, dictes lo que dictes, siempre traen problemas, y en la ciudad de Barcelona, de facto primera plaza judicial de España, marrones los había y sigue habiéndolos en abundancia.

Hacía justo una semana en que la prensa dio a conocer que el Letrado encabezaría una de las listas como alcaldable para las elecciones municipales que se habían de celebrar en su ciudad a un año vista, y justo pasada esa semana pide hora para venir al despacho una señora, con teléfono móvil, con lo cual el indentificador de llamadas no da el nombre del abonado.  Al darle hora de visita se le pide su nombre y la señora lo da:  sorpresa, pero si son los apellidos de la enfermera querulante.

El Letrado no hacía más que darle vueltas a cómo anular la visita sin que se notara; paseando por la calle se encuentra con un periodista amigo y le cuenta sus sospechas.

-Sé quién es esta señora y sé a lo que se dedica.

-Uy, contesta el periodista, vas a ser alcaldable en las elecciones municipales de dentro de un año, ten cuidado no te pongan un micro en el despacho.

-A mí, ¿por qué?,  qué tontería.

-Llegó la tarde de la visita, la señora querulante, preguntada amablemente por el Letrado  sobre quién le había proporcionado el teléfono del despacho, mostró una tarjeta de visita del propio Letrado, y esto fue lo que hizo al Letrado pensar  que no era casualidad la visita de esta señora, que alguien la enviaba, la tarjeta en cuestión era de un nuevo formato, no llevaba más de dos  semanas impresa y aún no la tenían más que un número reducido de personas.

La señora querulante se quejaba de que la DGAIA le había retirado la custodia de una hija adoptiva que tenía y que una jueza de familia había fallado a favor de la DGAIA y quería recuperar a su hija, previa denuncia a la Consellera de Justicia. El Letrado la escuchaba atenta y amablemente pensando en cómo quitársela de encima. En ese momento le señora sacó un fajo de papeles de color rosa, copias de las muchas denuncias interpuestas ante el Colegio de Médicos contra a los profesionales de la medicina con los que había trabajado, decía que todos la miraban libidinosamente.

En este punto el Letrado empezó a pensar que la señora querulante, muy poco agraciada como mujer, era realmente peligrosa.  La señora quería denunciar también a la Consellera de Sanidad mientras el Letrado seguía pensando en cómo demonios podría quitársela  de encima sin que la señora montara un poyo, porque,  en este punto de la visita, el Letrado,  ya no tenía dudas de que eso era para lo que realmente la habían enviado.

Casualmente fue la propia enfermera querulante la que  dio  la solución, quería denunciar también al decano del Colegio Oficial de Médicos porque no resolvía sus denuncias.

Ah, ¿estas denuncias no están aún resueltas?. Nom bis in ídem, señora, nom bis in ídem.

Para interponer todas estas denuncias penales contra las personas que usted me ha dicho, sería conveniente que usted se acercara al colegio de médicos y tener la certeza del resultado de todas estas denuncias, que no eran pocas, eso nos ayudaría mucho.

La señora asintió, porque seguramente ya habría concluido su propósito inicial, que el Letrado no sospechaba, y quedaron que tras la gestión en el colegio de médicos, llamaría para una segunda consulta, de la primera el Letrado no le quiso cobrar, “a enemigo que huye puente de plata”, en cuando a la segunda visita no se produciría, ya buscaría el Letrado alguna excusa creíble, lo importante en ese momento era que la señora querulante abandonara pacíficamente el despacho sin montar ningún poyo.

El Letrado suspiró tranquilo, no había perdido la calma y había sorteado algo que se le antojaba peligroso y pensó que sin duda alguien había mandado a la señora querulante, quizás algún particular o empresa descontenta con alguna de las resoluciones dictadas en los siete años en que el Letrado ejerció como juez en Barcelona, quizás fuera la mafia de los matrimonios ilegales  porque siendo juez sustituto le colaron muy pocos, o quizás simplemente fuera el hecho de ser el alcaldable para dentro de un año en elecciones municipales en su ciudad.

En ese momento le vino a la cabeza la advertencia del periodista amigo: “ten cuidado, no te pongan un micro en el despacho”.

No puede ser  pensó, pero por simple curiosidad pasó la palma de la mano por el reverso del tablero de la mesa del despacho en la parte que da los visitantes y tocó algo, se puso de rodillas y metió la cabeza literalmente debajo del tablero de la mesa y, allí estaba.

¿Y esto que es?. Pequeño, del tamaño de una boquilla de cigarrillo y con un hilito que colgaba, adherido al tablero con una almohadilla adhesiva muy potente. El Letrado  tuvo que arrancarlo para verlo mejor y saber de que se trataba.  En internet encontró la respuesta. Un micro transmisor y de los caros.  Quien fuera el responsable se había tomado muchas molestias y se había gastado un dinero en el aparato y sin duda también en la señora querulante.

A los dos o tres días siguientes la señora querulante llamó al despacho desde un teléfono fijo, el identificador de llamadas daba el nombre de un abonado, que no era ella, en un pueblecito fuera de la provincia de Barcelona.  La señora querulante estuvo muy amable diciendo que ya no era necesaria una segunda visita, que sus problemas se estaban solucionando solos.

El Letrado pensó que tal señora no era propiamente una querurante en el sentido estricto del término, sino una profesional de la querulancia, una persona detrás de la cual hay alguien o algunos intereses concretos que la retribuían en Barcelona para hacer ese tipo de trabajo contra jueces y abogados.  

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