General

La literatura infantil que conocimos.

Si bien las grandes obras de literatura infantil están hechas casi en su integridad por escritoras anglosajonas y en habla inglesa, hay una muy importante en lengua francesa, la serie de libros de las aventuras de TINTIN del Belga Hergè.

No conozco a nadie de mi generación que no haya leído las aventuras de Tintín, normalmente en la biblioteca de la Caja de Ahorros, puesto que en aquellos años los presupuestos familiares habían de dedicarse a cosas más prácticas y urgentes. Las aventuras del intrépido reportero y su perro Milú, no sólo es una colección de libros, tipo comic, de aventuras, es algo más, lo puedes leer de crío y lo puedes leer de mayor, en tales volúmenes tenemos recogidos ordenada y cronológicamente 60 años de la historia de Europa.

La serie empieza con una recopilación en blanco y negro de Tintín en el país de los soviets, la Rusia soviética. Esta recopilación no la pude leer de crío, fue puesta a la venta como tal recopilación años después del fallecimiento de Hergè .

La serie de las aventuras de Tintín acaba con «Tintín y los pícaros», que trata, sin decirlo, sobre la revolución cubana, con la lucha entre los partidarios del general de derechas Tapioca y el general de izquierdas Alcázar.

Tintín y los pícaros tiene un final amargo y de desengaño, para el que quiera entender. Dicho final amargo y de desengaño queda plasmado en estas dos viñetas, una al inicio de la historia donde unos policías bigotudos pasean ante la presencia de niños pobres bajo un cartel que dice Viva Tapioca. La segunda viñeta corresponde al final del libro, es la misma escena de niños pobres jugando, pero ahora los policías ya no son bigotudos, sino barbudos y en el cartel amarillo ya no pone viva Tapioca, sino Viva Alcázar.

El libro es de los años sesenta, en ninguna parte del mismo se menciona la palabra Cuba, pero sólo con ver los uniformes de policías los barbudos, nadie duda de a qué país se estaba refiriendo Hergé y quieres son los «pícaros». Aquí hay que reconocer que Hergé fue clarividente adivinando un futuro que entonces nadie veía.

Las aventuras de Tintín eran el inicio en la lectura como ocio. De Tintín solíamos dar el salto a «El Club de los siete secretos», cuatro chicos y tres chicas, de la escritora inglesa ENID BLYTON, y agotada esta colección pasábamos al «Club de los Cinco» que no eran cinco, sino dos chicos, dos chicas y un perro, también de la misma escritora.

Las aventuras de los siete y de los cinco, libros prestados de la antigua pequeña biblioteca de una sola habitación o estancia de la Avenida Matadepera de la Caja de Ahorros, las leíamos con deleite en aquellas calurosas tardes de agosto en que no nos dejaban salir de casa hasta que el sol no empezara a ocultarse en el horizonte, momento en que los críos podíamos salir a jugar a la calle, donde los coches eran casi inexistentes y donde no teníamos móviles ni casi nada, sólo muchas ganas de jugar.

En pocos meses dábamos el salto a la literatura de verdad, con las obras de Julio Verne, un autor francófono como Hergè.

Todos recordamos títulos como: Cinco semanas en globo, Miguel Strogoff, Los hijos del Capitán Grant, La isla misteriosa, La vuelta al mundo en 80 días, Veinte mil leguas de viaje submarino, Viaje al centro de la Tierra, y sobre todo Viaje a la Luna.

Siempre se ha dicho que la literatura va por delante de la técnica, la literatura sería el mundo de las ideas mientras que la técnica sería el desarrollo o la aproximación más o menos afortunada a la idea, como ya expusiera Platón en tu teoría sobre la caverna, donde lo importante es la idea, mientras que las cosas son eso, aproximaciones a la idea.

En Viaje a la Luna, o De la Tierra a la Luna, Julio Verne con 100 años de antelación expuso la idea de un viaje a la Luna que en 1968 el Apolo 8 realizó en una aproximación platónica bastante fiel a la idea planteada por Verne.

La literatura infantil evoluciona, estamos en la era Internet, los medios técnicos avanzan y las aventuras infantiles tienden a ser más sofisticadas. Nuevamente en este campo las escritoras anglosajonas se llevan la palma, ahí tenemos a Joannne K. Rewling y su magnifica serie de «HARRY POTTER», serie más vista que leída, lo cual crea el problema que los niños protagonistas van creciendo y ya no parecen tan niños. Aún así la serie es muy fantástica, pero muy buena, siendo asimismo muy curioso la cantidad de vocablos inventados, hasta entonces inexistentes, a los que esta serie da un sentido.

Harry Porter ha sido la literatura infantil, en cine, de nuestros hijos cuando tenían entre 5 y 10 años.

Mención aparte, como caso único y aislado tenemos la novela de 1960, «MATAR A UN RUISEÑOR» de Harper Lee, escritora cuyo apellido Lee denota su origen en el sur profundo de los Estados Unidos. La gran difusión de esta obra no es la novela en sí, sino su versión cinematográfica.

Es curioso como de niños nos identificamos con aquellos héroes de las aventuras que leemos. Aunque había visto la película, con Gregory Peck en su mejor papel; Gregory Peck en el papel del abogado Áticus, borda la imagen del hombre íntegro, que antepone sus principios incluso a su propia seguridad. Nunca leí la novela, pero, como regalo en algún diario de papel, me llegó a casa un DVD de la película «Matar a un ruiseñor», mi hija que entonces contaba cinco o seis años quiso verla, la vimos juntos tantas veces que más que verla pareciera que la estudiáramos. Mi hija desde el primer momento se sintió identificada con la cría protagonista, y a mi, abogado de profesión, me identificó con el padre de la cría. En la película la cría protagonista se dirigía a su padre llamándole por su nombre de pila, Áticus; durante mucho tiempo y todavía de vez en cuanto, mi hija se dirigió a mi llamándome por mi nombre de pila.

En matar a un ruiseñor, los principios éticos y morales entran en confrontación con los prejuicios y la ignorancia. La cara del Juez al terminar el Juicio y escuchar el veredicto del Jurado (doce hombres jurados blancos, un hombre acusado negro), la cara del Juez denota rechazo y resignación al mismo tiempo.

La actuación de Grégoty Peck en el papel del abogado Aticus es memorable, como memorable es la escena tras finalizado el juicio: todos los blancos han abandonado la sala de vistas, sólo queda Áticus recogiendo sus papeles, sin darse cuenta que en el gallinero de la sala de vistas los negros siguen inmóviles en sus asientos, con ellos está la niña blanca protagonista, la hija de Áticus; en un momento dado todos los negros respetuosamente y en silencio se ponen en pie y el predicador negro amablemente le dice a la niña blanca «señorita Scout, levántese, su padre se marcha», a mi criterio, la mejor escena de la película.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: