Svetlana P (Socióloga)

El desgaste de las palabras.

SOLIDARIDAD.

Que la mano derecha no se entere de lo que haces con la mano izquierda,  dicen los Evangelios que recomendó Cristo a sus apóstoles

Da limosna a los pobres, pero no hagas ostentación de ello, dice el Corán.

En ambas frases, lo que se nos viene a decir es que hay que hacer lo correcto porque es lo correcto, sin pretender recompensa alguna.

En las sociedades laicas modernas la caridad cristiana y la limosna musulmana han sido sustituidas por una palabra: “solidaridad”, solidaridad vendría a significar intentar comprender la situación del otro, comprender al que sufre e intentar ayudarle si se puede, sin jactase, haciendo lo correcto simplemente porque es lo correcto.

Llevamos ya mucho tiempo  haciendo un uso abusivo y publicitario de la palabra solidaridad, hasta el extremo de que la misma prácticamente ha perdido su significado originario. Lo correcto ya no se hace de manera anónima simplemente porque sea lo correcto; en un mundo donde prima la imagen sobre los principios,  sin cámaras ni público que lo vea  no se lleva hacer lo correcto, la mano izquierda se lo cuenta todo a la mano derecha y la buenas acciones no se hacen en el anonimato  si ello no te proporciona el reconocimiento social.

Ello no siempre es malo, hay ocasiones en las que circunstancias excepcionales obligan a incentivar la actuación de la mano izquierda y  por ello se acude a personas  cuya posición en la sociedad (pensemos en un deportista o un artista importante al que siguen y veneran millones de personas) le permite ser escuchado cuando hace un llamamiento a la solidaridad, a que las masas, además de impuestos,  se rasquen el bolsillo.

Ahora que se acerca la Navidad veremos todo tipo de campañas incitando a las masas a la solidaridad compulsiva, manera inteligente de tapar los grandes fallos que de un tiempo a esta parte va acumulando el llamado Estado de Bienestar, que desde hace también un tiempo viene diciendo a dichas masas:  como no puedo garantizar a todos un trabajo estable y bien remunerado, seré laxo al aplicar la Ley  cuando robéis; como no puedo garantizar el acceso rápido a una vivienda, seré laxo en la aplicación de la Ley si ocupáis; como no puedo garantizar una educación de calidad y exitosa, aprobareis todos, como no puedo garantizar una sociedad ordenada y prospera, haré leyes que destruyan las bases morales de dicha sociedad; como no puedo garantizar el cumplimiento de mis obligaciones como Estado, apelo a la solidaridad de las masas, para que los que no están tan mal, que son la mayoría,  alivien la carga de los que están peor, que son los menos, porque  no hay mejor antídoto contra la queja que el ver que otros están peor.

Esta forma de solidaridad,  de sentirse bien cuando ayudamos a otros que están en peor situación,  genera una disfunción perversa consistente  en que el Estado,  omnipresente en nuestras vidas, mediante la mal llamada solidaridad, delega en el individuo parte de sus propias responsabilidades como Estado y es entonces cuando el individuo sensato se pregunta ¿para qué sirven los impuestos?. Hay que dar dinero al Estado, naturalmente que sí, pero, ¿hay que darle tanto, que le sobre en lo superfluo y le falte en lo necesario?.

En un mundo globalizado, en el que poco a poco nos van encerrando en casa, el individuo tiende a organizar su vida en entornos cercanos, aquellos que le dan cierto grado de confianza y donde se da una solidaridad recíproca entre los miembros del grupo, en lo que podríamos llamar un sistema de apoyos mutuos, que al final se parecen mucho a lo que expone Engels en su estudio sobre «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado», fórmulas similares a las que se dieron en los albores de la humanidad, cuando la adversidad y peligros del «estado de naturaleza», dieron origen a eso: la familia, la propiedad privada y el Estado.

El mundo está girando a una velocidad vertiginosa y el trípode en el que se asentaba una sociedad próspera (familia, propiedad privada y Estado) está siendo desmontado. A estas alturas, ni siquiera sabemos con certeza qué tipo del organización humana será en el futuro la predominante, y a estas alturas tampoco tenemos garantía alguna de que lo que está por venir sea mejor que aquello que estamos destruyendo.

Svetlana Petrova (socióloga)

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