Crónica de Tribunales

No me llames Dolores, llámame Lola.

Todo empezó con aquella serie norteamericana llamada «Dallas», que causó furor en su época, serie donde todo era lujo y gente guapa y donde los hombres no se quitaban el sombrero tejano ni para dormir,  y donde había un tipo malo, muy malo llamado JR, del cual el gran Pepe Da Rosa escribiera e interpretara una canción con un pegadizo estribillo que decía  algo así como: “Desde el Cabo de Gata hasta Finisterre, hay que ver la gente como está con JR”….

El lujo, pasiones, intrigas y amoríos en una sociedad petrolífera y opulenta, y aquellas mujeres guapísimas y tan rubias con nombres tan raros no traducibles al español, propició que las madres de aquella generación empezaran a solicitar del Registro Civil nombres que no estaban en el santoral romano.

Al principio la Administración ponía todo tipo de pegas, pero poco a poco se fue abriendo la mano y una ola de snobismo inundó la sociedad propiciando que muchas mujeres pusieran a sus hijas los nombres de la serie televisiva, a cada cual más raro y extravagante y que en modo alguno pegaban con sus apellidos

Pasados unos años , estas chicas, a diferencia de sus amigas,   se encontraron con que en el calendario no había día concreto de celebración de su onomástica, no había santas  ni vírgenes con nombres de ese tipo. A ello se sumó que las que ya tenían estos nombres  extravagantes, repetían con sus  hijas lo que sus madres habían hecho con ellas, lo cual no hizo sino provocar una inflación de nombres a cada cual más raro, ajenos al santoral romano e intraducibles el español, que además chirriaban en demasía con los apellidos;  y  sería quizás por el  chirrío con los apellidos  o por la ley del péndulo,  que algunas niñas, al llegar a los 18 años, acudían al Registro Civil  solicitando la tramitación de un cambio de nombre de pila.

Entró una funcionaria en el despacho: Señoría, hay una chica que quiere cambiarse el nombre de pila, pero dice que no quiere llamarse Dolores, que quiere llamarse Lola. El Juez sustituto salió de su despacho y se dirigió a la oficina donde estaba la muchacha.

¿Cómo te llamas ahora?

Davignia.

Y ¿Cómo quieres llamarte?

Lola, quiero llamarme Lola.

Podemos inscribirte como Lola, pero en el futuro no podrás distinguir entre tus amigos y gente íntima y el resto de personas.

No le entiendo.

Sí   mujer, si te inscribimos como Dolores, podrás celebrar su onomástica el día que corresponde y además para terceros con los que no quieras establecer confianzas serás la señorita o la señora Dolores, y  Lola lo puedes reservar sólo para tu circulo reducido, para tus amigos, es como alguien que se llame Antonio para todo el mundo pero que para sus cercanos permita que le llamen Toni.

¡Ah, no lo había pensado!,   pero ahora que usted lo dice,  ¿puedo ponerme Dolores y llamarme Lola?

Puedes ponerte  Dolores y llamarte Lola.

No había terminado  el juez de convencer a la muchacha cuando nuevamente vino a verle la funcionaria.

Señoría, hay una pareja que vienen con el bebé y quieren ponerle el nombre en gallego, pero no les ha gustado la traducción del castellano al gallego de ese nombre y han escogido un nombre extranjero que dicen ellos que significa lo mismo.

¿Y qué nombre es ese?

Gore, quieren llamarle Gore.

El hombre traía el recorte de la página de una revista, como prueba de la existencia real de tal nombre, donde salía un tipo que decía llamarse Gore. Su Señoría intentó persuadirle de que ese personaje realmente no se llamaba así,  que Gore era sólo un nombre artístico.

El tipo empezó a ponerse borde: el nombre a mi hijo se lo pongo yo, no se lo va a poner usted.

Su Señoría armado de paciencia le explicó al individuo que Gore era la definición  de un tipo de cine de terror, de sang i fetge, de  zombis y muertos vivientes bien agusanados, ante lo cual la madre, una joven con marcado acento gallego, se asustó y dijo ¡Ay no, eso no!, y dirigiéndose al marido: podríamos ponerle Gabriel como tu padre.

Pero el tipo seguía cabezón con su recorte de revista que acreditaba que había alguien, un precedente,  que decía  llamarse Gore y que Gore era lo más parecido a Gabriel pero en gallego.

El Juez sustituto no insistió más y dirigiéndose a la funcionaria: bien, que aporte al expediente el recorte de la revista  como prueba de la existencia de tal nombre y que inscriba al niño como Gore, dentro de 18 años este crío puede que lo volvamos a ver por aquí queriendo llamarse Manolo o Pepe, como todo el mundo.

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