Svetlana P. (Socióloga)

Sociedad de Low Cost.

SOCIEDAD LOW-COST: MALA CALIDAD DE LOS MATERIALES Y MALA CALIDAD DE LAS PERSONAS.

Me he preguntado si al deterioro del sistema, social o económico, cultural y político, no corresponde también un empeoramiento en la calidad de las personas en una época donde la insignia viene a ser el LOW COST,  el bajo precio de las cosas unida a su mala prestancia, la corta obsolescencia de los artefactos debido a su deliberada fabricación sin rigor y, en paralelo a ello, una corta duración de las amistades, de los amores, de los vínculos, que a su brevedad suman también la propensión a la avería, porque en esa atmósfera poco limpia también las personas se contagian de algún hollín moral y no se trata solamente de que parezcan más egoístas, menos dignos o de pobres conocimientos, sino que fallan como personas donde la especulación y ganancia rápida prima sobre la honradez. Políticos y empresarios, y otros que no lo son,  han dejado de lado la honradez y lo peor es que no hay leyes eficaces para evitar que la sociedad se vaya degradando, el nuestro es un tiempo donde la relajación hace negocios por todas partes,  por ello ser una persona íntegra se aviene mal con este naufragio de la condición actual de las personas. No todo el mundo es malo pero muchos han contraído el mal.

A la inmoralidad esencial del sistema LOW COST se añade la carga de la débil moral cívica o personal en un momento en el que cumplir con la palabra, comportarse  con dignidad, respetar a los demás y a sí mismo ha ido perdiendo importancia. La pérdida de importancia de la integridad   conlleva la aceptación de lo inmundo: frente a la justicia la lenidad, frente a la honradez la trampa, en esta  sociedad LOW COST no cuentan aquellos elementos como la responsabilidad personal, la honradez, la seriedad y la fidelidad a la palabra dada para cimentar una personalidad respetable, una reputación que es como se llamaría así a la condición que hace medio siglo decidía el destino común y sobreentendido de las relaciones, privadas o colectivas.

La irresponsabilidad y el infantilismo  han sustituido en buena medida al sentido del deber;  la especulación ha hecho lo mismo con el sentido del crédito; el tejido social  se deshilacha fácilmente y es de este desarreglo de donde brotan individuos incapaces de responder ante su extraviada conciencia. A la degradación general de los materiales, la mala calidad de los tejidos, la calculada obsolescencia de los aparatos o la artificial elaboración del pan, sigue, en coherencia, la pérdida de consistencia en las personas. Las gentes de ahora son de peor calidad que las de antes.

Pero ¿por qué?

Una explicación darwiniana vendría a exponer que ese peor no es otra cosa que una nueva cualidad para sobrevivir en la actual realidad del medio. Una persona íntegra (entera) se aviene mal con un mundo complejo (no integrado) y fraccionado. La buena persona, o la persona honrada, se caracterizaba porque alteraba poco o nada su composición y a esto lo llamábamos ser fiel a sus principios. Poseíamos un retrato de ella y el retrato constituía su único y fiable repertorio. Un retrato de ese “de cuerpo entero” puesto que era así como se definía al ser ejemplar: “un hombre o una mujer de cuerpo entero”, “un hombre o una mujer de la cabeza a los pies”, que aunque diversos en el carácter constituirían un dique moral que nos protegían contra los dos factores importantes del sistema de consumo que son la novedad y la flexibilidad, siendo por ello que fraccionamiento y adaptabilidad se oponen a la integridad e inalterabilidad del anterior modelo que constituía un tótem en la cultura tradicional, modelo de integridad e inalterabilidad inservible hoy en la cultura del cambio.

La máxima de ser igual a sí mismo, base de la honradez, está opuesta a la novedad sin tregua, donde Individuos y objetos dejan de ser indivisibles y se hacen transformers ya sea en las relaciones personales, en las laborales o en las morales. La consideración positiva que se confiere a la innovación en todos los ámbitos es consecuente con la inconsecuencia de las personas, de modo que prima la inestabilidad de las mismas antes que la permanencia de sus principios básicos.

Las que vemos  hoy como personas de mala calidad, gentes que, como los objetos, no mantienen su composición,  conlleva la imposibilidad de fijar en ellas la confianza y hace obsoleta la fidelidad. Son el efecto de la movilidad incesante que exige la supervivencia, nada que ver con las personas íntegras, las cuales no era necesario que numéricamente fuesen mayoría, pero eran relativamente tantas que constituían una atmósfera dominante donde habían mujeres y hombres buenos que en frecuentes ocasiones cumplían como alcaldes, notarios, médicos o abogados que nos ayudaban generosamente y nos asesoraban bien.

La pérdida o la fuerte reducción de las buenas personas ha dejado al grupo social enflaquecido, deshilvanado, sin un común denominador dentro de cuyo círculo vivíamos más confiados y liberados del inevitable temor de cada relación.

¿Se amaba la gente antes más entre sí?

No es seguro. Sí resulta cierto que se necesitaban más en casi cualquier aspecto, desde la sanidad a la compañía, desde la admiración a la envidia, desde la investigación al entretenimiento, y dependían entre sí mucho más para brindar contenido a las múltiples horas del día y su particular modo de ponderar al personal.

A toda esta inmoralidad esencial actual se añade la carga de la débil moral cívica o personal, donde las familias no trazan una línea de descendencia sino de evanescencia por cuya realidad el valor vuela, se pierde o se transforma. Lo sagrado estorba, lo laico, poco a poco, tiende a desarticularse, gana velocidad y se deshace en aguas tan libres como turbulentas.

Svetlana P. (Socióloga)

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